Cuándo el 2011 el movimiento estudiantil comenzó con sus proclamas, quiero recordar que el eje del asunto era el acceso al financiamiento de la educación. De hecho, los primeros en manifestarse, aquellos que "encendieron la mecha" fueron un grupo de "endeudados por la educación", quejándose de ser portadores de "una enorme mochila", constituida por sus deudas para poder estudiar. Pronto la discusión se distanció de los argumentos económicos y financieros. Es más, se alejó de argumento alguno, para transformarse en un conjunto de reivindicaciones rabiosas, de las cuáles líderes políticos oportunistas sacaban provecho para conseguir su cuota de poder. Es una verdadera lástima que la discusión se haya alejado de la ciencia económica y financiera. Hoy asuntos como el fin al lucro, la gratuidad, entre otros, ya no admiten si quiera discusión o revisión para muchos, y se han transformado en objetivos ideológicos. No importan las consecuencias económicas o el real bienestar social que puedan traer. Se exigen con rabia, y punto.
Es en esta discusión en la que quiero explicar por qué en mis ojos no corresponde que en Chile la educación superior sea gratuita. No aún, al menos.
¿Es la educación un derecho o un negocio? En mi opinión, no hay motivo por el que no pueda ser ambas cosas. Es un negocio. Pero no sólo es un negocio para quién la ofrece (si, en Chile hay universidades que evidentemente lucran. Laureate International, una empresa con fines de lucro, reporta en sus estados anuales los grandes aportes de la UDLA y UNAB, dos universidades chilenas de su propiedad), es sobretodo un negocio para quién la recibe. Educarse es un negocio. De hecho, cuándo accedemos a estudiar una carrera universitaria, lo hacemos con la expectativa de que mejore nuestro ingreso a si no lo hiciéramos (aunque, desde luego, esta no es la única variable que tomamos en cuenta para decidir). Prueba de ello es el comportamiento de la demanda por carreras en nuestro país. Como alumno de la Universidad San Sebastián, este es tercer verano seguido que participo del proceso de admisión, desde donde puedo observar de cerca la realidad de la demanda por educación superior tanto en nuestra universidad como en el país entero. No es casualidad que carreras con rentas en rápido aumento en los últimos años y alta empleabilidad, como enfermería u obstetricia, acaben sus cupos con la mayor velocidad. Probablemente muchos alumnos no hayan visto nunca estadísticas laborales o hayan ingresado para investigar en mifuturo.cl, pero su comportamiento es tremendamente racional al momento de "consumir educación superior", y siempre se inclina a preferir carreras con un mejor nivel de ingresos y empleabilidad.
Pero educarse tiene sus costos. Y los pague el alumno o el estado con fondos públicos, el dinero va a salir de algún sitio. Si los paga el estado, lo hará contra la utilización de esos fondos en otras áreas, como salud. Si los hace el alumno, probablemente lo hará contra sus ingresos futuros.
Recibir quimoterapia de un hospital público probablemente no es un buen negocio. Pero es una obligación ética del estado: no podemos abandonar a nuestros enfermos sólo porque sanarlos no constituya un buen negocio. Recibir educación, lo es. Pero ¿Es realmente un tan buen negocio? La respuesta es si, en Chile lo es.
En los últimos 30 años se ha multiplicado por diez la cantidad de estudiantes en la educación superior en Chile. El país se ha desarrollado también, demandando servicios cada vez más profesionalizados y mano de obra más capacitada para ello. Con todo, el actual mercado laboral en Chile sigue permitiendo (y lo seguirá permitiendo por mucho tiempo más) que educarse en una universidad sea un buen negocio.
Según el Informe Anual de Remuneraciones y Costos Medios del INE, el 2009 un profesional no directivo ganaba un promedio de $1.074.857, mientras que un empleado de oficina (la categoría del INE con mayor nivel de renta para un no-profesional) recibía $455.434 (cifras a Diciembre 2009).
Haciendo un simple ejercicio de matemáticas financieras se puede demostrar que es un muy buen negocio educarse en la universidad en Chile.
A lo largo de la vida de una persona su sueldo aumenta y disminuye. Si asumimos que la brecha entre el sueldo profesional y el de empleado de oficina se mantiene constante (un supuesto bastante conservador), el valor actual de esa brecha, suponiendo 40 años de vida laboral y una tasa de descuento de un 10% llega a cerca de $73.000.000, muchísimo más de lo necesario para estudiar una carrera universitaria.
El ejercicio realizado es un poco burdo y muy poco científico, sin duda podría realizarse con mucha más seriedad y pulcritud, utilizando proyecciones de ingresos más realistas y una tasa social de proyecto mucho mejor calculada. Pero evidencia la existencia de un gran valor económico en el estudio de una carrera universitaria.
Es la evidencia de este valor económico agregado en la educación superior lo que interesó a la banca privada para entrar en el negocio de financiar carreras universitarias. En un país con un nivel de profundidad financiera adecuado, donde exista una oportunidad de financiar un proyecto, habrá un financista dispuesto a poner el dinero y competir por una tasa de interés. ¿Qué tiene de malo que ese proyecto sea la educación superior de una persona?
El sistema de acceso al financiamiento de la educación superior es perfectible. Dadas las condiciones económicas que ofrece Chile para su propia gente, creo que las tasas de endeudamiento se mantuvieron altas demasiado tiempo. Tampoco se hace una adecuada discriminación por tipo de carrera a estudiar. El riesgo implícito en estudiar teatro es mayor al riesgo implícito en estudiar ingeniería. Se podría argumentar que, de todas maneras, el país necesita actores y filósofos, aunque estén mal pagados. Puede ser verdad. La creación de mecanismos de subvención a esas carreras puede ser una solución. Lo que no es justo es que ese riesgo sea mal distribuido, haciendo a algunos pagar un interés mayor por su elección educacional.
Como sea, la invitación es a seguir el "tema educacional" desde la ciencia económica y financiera. Podemos utilizar sus herramientas para entender y construir un mejor futuro para Chile. Lo contrario es lo que algunos hacen hoy: enceguecerse en trincheras ideológicas, donde el bienestar ya no es materia de estudio y debate, y sólo se consigue acatando sus propios caprichos ideológicos.